El 15 de mayo ocho aspirantes a la presidencia se medirán, uno de ellos ganará y siete perderán y los únicos que estarán en las calles el día después del sufragio serán los ganadores celebrando, porque aquí, como en todo el mundo, el que gana es el que goza.

 

Con el entusiasmo que los dominicanos esperamos cada febrero los carnavales de La Vega, Santiago, Bonao y otras localidades, nuestros políticos esperan cada cuatrienio las elecciones generales para someter a los votantes a las culturales crisis preelectorales que ellos protagonizan a través de cualquier medio de comunicación, donde se enfrentan unos a otros con una retahíla de denuncias de “evidentes” amenazas de fraudes y de las posibles reacciones que éstos podría tener para la democracia dominicana.

Sus trágicos vaticinios lo sustentan en delaciones que advierten que para las elecciones de los próximos días se están preparando fraudes de grandes proporciones, que sus técnicos han podido comprobar que se ha alterado el padrón electoral donde aparecen votantes ya fallecidos, pero que por el contario han eliminado a miles de sus simpatizantes, que habrá compras masivas de cédulas, que planifican repartir dinero a los delegados de los partidos adversos en los colegios electorales a fin de poder alterar las actas de votación sin que ellos protesten, que los equipos electrónicos de conteo de votos podrían ser vulnerados, y la lista se extiende. Sugieren los siempre querellantes, qué si estos macabros planes se llevan a cabo y no se respeta la voluntad de la mayoría la población estará en las calles para defender la democracia porque los dominicanos ya no estamos dispuestos a aceptar más abusos del gobierno de turno, que podría producirse un derramamiento de sangre, que entraría el mar a la isla y que los muertos saldrán de sus tumbas.

En el bando contrario se encuentran los que intentan deslegitimar cualquier reclamo que hagan los querellantes, aludiendo que con sus declaraciones lo que buscan es desacreditar el proceso, que sus falsas denuncias las hacen porque saben que están derrotados y con éstas tratan de justificar ante sus simpatizantes el fracaso de sus proyectos políticos y por eso prefieren poner peligro el orden constitucional. Incluso, hay quienes son más osados y dicen que la verdadera finalidad es suspender las elecciones mismas, que responde a agendas de gobiernos extranjeros que atentan contra la soberanía de la Nación y por esto se comportan como mandaderos de esas potencias. Tampoco el sarcasmo no puede faltar y aseveran que sus reclamos no son más que “patadas de ahogados”.

Y en medio de los dos bandos, los votantes.

Lo cierto es que todos exageran. No podemos negar que en un país con una falta de institucionalidad como la que impera en República Dominicana, no sólo pude haber el intento, sino un fraude mismo. Pero mienten aquellos que dicen que sí tal cosa ocurriere habría una hecatombe, saben perfectamente bien que aquí no pasará nada, que ocurra lo que ocurra en las elecciones, sean fraudulentas o libérrimas, haya compra masiva de cedulas o no, la gente no se lanzará a las calles a protestar a favor una clase política que ha perdido la confianza que ese pueblo, confianza que una vez le tuvo. Tampoco lo hará en nombre de la democracia porque, sin importar lo que diga el razonamiento conceptual, la experiencia nos ha confirmado que en este país unas manipulaciones de unas elecciones cualquiera no ponen en peligro esa democracia. Además, los partidos dominicanos han demostrado que todos, una vez en el poder, se comportan de manera similar. La corrupción, las inobservancias a la Ley, las improvisaciones, todo sigue igual, lo único que cambian son los nombres de los protagonistas de los escándalos.

Todas esas amenazas de los partidos y candidatos que se sienten derrotados no son más alharacas, intimidaciones para llamar la atención y tratar de antemano, eso sí, de justificar su derrota con insinuaciones de fraude. El 15 de mayo ocho aspirantes a la presidencia se medirán, uno de ellos ganará y siete perderán. Eso es todo. Claro que no puede faltar el “pataleo”, la “resaca moral” de los candidatos derrotados, pero el “país seguirá estando en el mismo trayecto del sol” y los únicos que estarán en las calles el día después del sufragio serán los ganadores celebrando, porque aquí, como en todo el mundo, el que gana es el que goza.

Los del bando contrario, donde están los que califican tales denuncias como amenazas que están poniendo en peligro el proceso electoral y la democracia misma, son tan manipuladores como aquellos. Algunas de sus demandas de los denunciantes son justificadas y otra son absurdas. ¿Podemos negar, por ejemplo, que hay posibilidades de compras de cédulas la noche anterior a la votación? ¿Acaso no se han alterado padrones electorales en otros procesos comiciales? ¿No son esas modalidades de fraude? Es decir, sus denuncias no son absolutamente inverisímiles, nuestra experiencia nos indica que son posibles.

Los partidos que deslegitimizan las denuncias saben que aquellos partidos están jugando el juego que esta fallida democracia le permite, y más que permitirle, le exige al estar a expensa de una institucionalidad que sólo se practica cuando beneficia a los que están en posición ventajosa. ¿De qué puede valerle a un partido cualquiera exigir al organismo rector del proceso electoral que se cumpla la Ley, cuando el presidente de este organismo hace una interpretación y una aplicación personalizada de esa Ley? ¿Qué podemos esperar de un sistema político donde ese mismo organismo comicial viola las normas legales que está llamado a cumplir basándose en una inversión financiera para compras de unos equipos, porque según su presidente tal gasto debe ser aprovechado, como si la Ley debe estar supeditada a gastos financieros?

Estos son los políticos que los dominicanos nos merecemos, nos los merecemos por permitirles toda clase de inconductas y luego salir a votar por ellos cada cuatro años para que continúen tratándonos como una colectividad de estúpidos, como una colectividad de oligofrénicos mentales.

Esta es nuestra democracia.

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