Y en algún momento todo desempeño debe ser evaluado, más sí se ejecuta en un organismo estatal, del cual ningún ciudadano puede sentirse ni actuar como su propietario. Cuando ese momento de evaluación llega, en esos instantes ya no sirve de nada la arrogancia, ni creerse un “Júpiter en el Caribe”, o en un estado más reducido, creerse “un marqués caribeño del Siglo XXI”. Es el tiempo de callar y aceptar que sean otros los que hablen sobre nuestro trabajo.

Las evaluaciones al proceso electoral del pasado domingo 15 de mayo en República Dominicana cuestionan seriamente la capacidad gerencial de Roberto Rosario Márquez como juez presidente de la Junta Central Electoral (JCE). Estos peritajes al proceso evidencian graves deficiencias en la administración del montaje de tan importante evento comicial, y estas deficiencias son al margen de todas las inconductas expuestas por no pocos actores políticos del proceso. Es decir, que no están vinculadas con los evidentes intentos de fraude de algunos candidatos a puestos electivos, para expresarnos con más precisión.

Rosario Márquez nos ha tenido acostumbrado a su verbo teatral y hacer galas de la petulancia y arrogancia que le sale por los poros. Pero la evaluación de desempeño de los resultados de una gestión cualquiera no es cuestión de verbo, tampoco de la presunción de excelencia que intente exhibir el gerente a cargo de esa gestión, es cuestión de hechos. Y en algún momento todo desempeño debe ser evaluado, más sí se ejecuta en un organismo estatal, del cual ningún ciudadano puede sentirse ni actuar como su propietario. Cuando ese momento de evaluación llega, en esos instantes ya no sirve de nada la arrogancia, ni creerse un “Júpiter en el Caribe”, o en un estado más reducido, creerse “un marqués caribeño del Siglo XXI”. Es el tiempo de callar y aceptar que sean otros los que hablen sobre nuestro trabajo.

El trabajo de Roberto Rosario Márquez en este proceso electoral ya se ha comenzado a evaluar, aunque él se resista a callarse e insista en justificar sus evidentes ineficiencias.

El primer informe que llamó la atención fue el de Participación Ciudadana (PC), donde deja al descubierto algunas fallas del proceso eleccionario mismo, así como el del escrutinio. El reporte de esta ONG indica, para citar sólo algunos datos, que los auxiliares técnicos de los colegios electorales estuvieron presentes al inicio de la instalación de los colegios sólo en un 90% de los casos; los dispositivos de huellas faltaron en el 29% de los colegios y aquellos donde llegó en el 23 % se presentaron confusiones en su manejo, por lo que en el 7% de éstos terminaron por no ser utilizados; en un 16% hubo interrupciones en el proceso de votación, éstas en el 42% por acciones de los delegados políticos, en el 27% por iniciativa del presidente del colegio, en el 19% por desórdenes o violencia y 30% por otras razones.

Un alto número de colegios electorales iniciaron el proceso de votación con retrasos por motivos básicamente logísticos, por lo que PC había solicitado desde tempranas horas de la tarde la extensión de la jornada de votación, lo que al final ocurrió. Pero el señor Rosario hizo pública una resolución para extender la jornada de votación precisamente a las 6:00 PM, cuando ya la mayoría de colegios habían cerrado, ya que el 72% cerró minutos antes de la 6:00 PM lo que implica que sólo una minoría de estos le fue posible cumplir con la resolución.

Las anomalías en el escrutinio de los votos no fueron menos graves, donde en un 62% de los colegios se presentó algún tipo de dificultad, entre las que se destacan que en un 16% había una falta de capacidad en el manejo de la unidad de conteo de votos y en el 9% de los casos los equipos no pudieron ser utilizados por desperfectos técnicos.

Todos sabemos que las relaciones entre Rosario y PC nunca han sido armoniosas, por lo que podríamos pensar que en este reporte podría haber algún indicio de animadversión. Sin embargo, cuando salieron a la luz otros reportes, como el de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de la Unión Interamericana de Organismos Electorales (UNIORE), podemos ver que son similares al de PC. Por si nos quedara duda, el señor Daniel Zovatto, quien es director para América Latina y el Caribe del Instituto para la Democracia y la Asistencia Electora (IDEA) ha expresado su decepción por el proceso electoral dominicano recién finalizado.

Algunos pueden argüir que estas deficiencias no son única responsabilidad del juez presidente Rosario, que éste no es el primer culpable. Sin embargo, los sucesos antes y después pondrían en duda tal argumento. Los principales escollos del proceso son por temas logísticos y por la utilización de los equipos electrónicos, sólo este último elemento pone en evidencia la tozudez del presidente de la JCE, ya que no faltaron voces que le advirtieron de las defeccionas que estos equipos podrían agregar al proceso electoral. La OEA ha dicho que la aceptación del escrutinio manual, además del electrónico, fue lo que salvó el proceso. En otras palabras, está diciendo que si hubiéramos concurrido sólo contando con los equipos electrónicos el proceso eleccionario habría fracasado, esto así por el alto número de colegios donde los escáneres no pudieron ser usados por algún motivo. El mismo presidente Danilo Medina observó, un día antes de la votación, que “los que exigían el conteo manual, tenían razón”.

Sólo una persona obtusa, o maliciosamente interesada por algún motivo, no es capaz de entender que los cambios en los procesos como estos no pueden hacerse de manera radical y de un solo golpe, hay que hacerlo paulatinamente, tal cual lo hacia el hoy tristemente legendario “Jack, El Destripador, por parte. ¿Hay que tener un doctorado en Ciencias Sociales de la Soborna de París para entender esto? Creo que no.

Y a pesar de todas las fallas en su gestión, Rosario tiene la desfachatez de decir que las muertes en hechos violentos después de las elecciones son por causa del retraso en el conteo que el escrutinio manual provoca. Eso es falso, es una mentira que ni él mismo la cree, tal declaración es un insulto al sentido común, a la vez que es un gravísimo irrespeto a las memorias de las víctimas y sus familiares. Los muertos son causa del comportamiento violento y cavernario de algunos dominicanos, aupados por algunos políticos irresponsables, que su vez dicen “estar indignados” porque se consideran víctimas de un proceso que genera dudas, y estas dudas son producidas, entre otros motivos, por las deficiencias del proceso.

Estoy consciente de que muchos candidatos hacen reclamos válidos y harto justificados por las evidencias expuestas a la vista de todos, pero también sé que otros están tratando de manera desvergonzada de “pescar en rio revuelto”, ya que están conscientes de que fueron derrotados, pero exacerban los ánimos a ver que lo consiguen. Pero han sido las incorrecciones del proceso las que han incentivado a unos y a otros. Naturalmente, la violencia es absolutamente inaceptable bajo cualquier escenario.

La organización de este proceso deja en evidencia toda la mediocridad de un hombre que se presume a sí mismo como ejemplo de eficiencia administrativa. La mediocridad, señores, no es algo que se pueda ocultar por siempre, porque en cualquier momento las circunstancias nos exponen en nuestra justa dimensión. Este es el momento de Roberto Rosario.

Si el proceso electoral hubiera sido exitoso los palmares se le otorgarían al presidente de la JCE, sospechoso que él mismo se hubiera mandado a erigir una estatua en bronce, o tal vez en oro, en la entrada del edificio central del organismo comicial. Pero las cosas han salido mal, muy mal, y él no puede sustraerse de su responsabilidad, por más que lo intente y sus áulicos quieran ayudarle.

Las valoraciones que estamos viendo del proceso eleccionario y su posterior escrutinio equivaldrían a los exámenes finales para un estudiante al término de su año académico y en esta ocasión el alumno ha reprobado. Sólo espero que como consecuencia de tan baja calificaciones no se le permita repetir el curso, sino que reciba la baja académica.

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