Duterte ha asegurado que ordenará a la policía disparar a matar a aquellos criminales que opongan resistencia a su detención. “Si tú opones resistencia, si muestras una resistencia violenta, daré a la policía la orden de disparar a matar. Disparar a matar por el crimen. ¿Has oído? No destruyas mi país porque te voy a matar. Te voy a matar. No habrá término medio”, he dicho el ahora presidente electo de Filipinas.

El pasado 9 de mayo Las Filipinas celebró sus elecciones presidenciales donde resultó ganador el candidato del Partido Lakas ng Masa (PLM), el señor Rodrigo Roa Duterte, (71), miembro de una exitosa casta de políticos filipinos, abogado, actual alcalde de la ciudad de Davao, puesto que ha ocupado exitosamente por los últimos 22 años. Nada de esto llama la atención a no ser que tengamos conocimiento que este señor ha ganado la presidencia de su país con una de las campañas electorales más particulares de las que hemos tenido conocimiento.

Filipinas, como muchos países del mundo, es una nación con grandes problemas que resolver, tales como pobreza, exclusión social, efectos por el cambio climático y la adaptación de la producción agrícola a éste, la inminente subida del precio del petróleo, la crisis económica global, especialmente la contracción de la economía china, las incursiones por parte de la misma China en el mar de Filipinas, entre otros. Pero, Duterte, centró su campaña electoral en la promesa de solucionar, en un período de tan sólo seis meses, uno de los principales problemas que enfrenta la sociedad filipina: la criminalidad.

El mecanismo que ha prometido emplear para cumplir su promesa de campaña es simplemente matar a los delincuentes. Método éste nada común en este siglo XXI en ningún lugar del mundo, aunque seguramente ha de resultar muy efectivo a los fines de sus planes.

Leer sus discursos de campaña me han generado indignación, pero confieso que al ser tan descabellados también he reído. Veamos sólo algunos ejemplos. Duterte ha prometido que va a descuartizar a los delincuentes, literalmente, si la sociedad así se lo pide. Ha asegurado que ordenará a la policía disparar a matar a aquellos criminales que opongan resistencia a su detención. “Si tú opones resistencia, si muestras una resistencia violenta, daré a la policía la orden de disparar a matar. Disparar a matar por el crimen. ¿Has oído? No destruyas mi país porque te voy a matar. Te voy a matar. No habrá término medio”, he dicho el ahora presidente electo de Filipinas.

Esta semana en una conferencia de prensa les ha pedido a los filipinos que le ayuden en su lucha contra la delincuencia instalando en lugares estratégicos a ciudadanos armados y disparar contra traficantes de drogas que se resistan a ser detenidos. “No duden en llamar a la policía, o bien háganlo ustedes mismos si tienen armas. Ustedes tienen mi apoyo”, dijo Duterte, al advertir que en el país existe un extenso comercio ilegal de drogas que ha corrompido a la misma policía de Filipinas. “Si un vendedor de drogas que ustedes están seguros de qué está protegido por policías y se resiste a ser detenido y se niega a ser llevados a una comisaría y amenaza a un ciudadano con una pistola o un cuchillo, ustedes lo pueden matar. Dispárenle y les daré una medalla”, han sido sus palabras precisas.

Pero, aún queda más. Ha prometido impulsar la restauración de la pena de muerte en su país, abolida en 2006. Hasta ahora no he comprendido para que él quiere esta figura jurídica si piensa matar a todos los delincuentes. Pero esto no es lo que llama la atención, sino sus consideraciones sobre el posible método de ejecución que propondría. Dijo que prefiere la horca como método de ejecución a los condenados, por ser menos cruel que el paredón y que la silla eléctrica. “Es simplemente lo mismo que apagar la luz. Una vez roto el cuello se acabó, no sientes nada. Además, el pelotón de fusilamiento es más caro porque es necesario utilizar balas y también es más cruel. La silla eléctrica también es más cara porque el gobierno tendría que pagar la electricidad para la ejecución. No puede ser que, si voy a matar a una mala persona, ésta todavía quiera que yo gaste dinero en ella”.

Su particular discurso no sólo ha sido contra los delincuentes, sino que la Iglesia Católica, sus obispos y el mismo papa Francisco, han sido víctimas de su lenguaje destemplado y soez. A raíz del congestionamiento en el tráfico vehicular que provocó la visita a Filipinas del papa a finales del 2015, Duterte se molestó de tal modo que llamó a Francisco “hijo de puta” y le pidió que no visitara más su país. A los pocos días pidió disculpas y aseguró que visitaría personalmente el Vaticano para pedir perdón al pontífice. Sin embargo, una vez electo presidente cambio de opinión y se limitó a remitirle una carta de desagravio y prometió donar mil pesos filipinos (alrededor de US$21) a Cáritas en Davao por semejante grosería. Ha calificado a la Iglesia Católica como “una institución hipócrita” que está gobernada por obispos “corruptos e hijos de putas”, que constantemente recurren a supuesto favores de los políticos, incluso de él mismo. Estamos hablando de declaraciones de un político en un país con 102 millones de habitantes, donde el 80% de ellos son católicos.

Con semejante discurso, el señor Rodrigo Roa Duterte, ganó las elecciones presidenciales de Las Filipinas con un 39.01% de los votos válidos emitidos a su favor, en una histórica concurrencia de votantes de un 80.5% del total inscritos para votar.

Al margen de otros elementos que no pretendo tratar aquí, entiendo que esto es lo que podemos llamar un fenómeno social. Como he dicho en otros artículos publicados en este mismo blog, de los fenómenos sociales es más importante interpretar lo que significan los hechos, que los hechos en sí mismos. Es decir, lo importante en este caso no es que un brabucón como Duterte haya sido elegido presidente de su país, sino saber los motivos que tienen sus ciudadanos para otorgan el favor del voto mayoritario a un candidato con un discurso tan virulento. ¿A dónde ha tenido que llegar esa sociedad para depositar los destinos de su nación a un político con semejante perfil? ¿A qué nivel de criminalidad y de desconfianza en los políticos tradicionales una colectividad debe estar sometida para que entienda que un hombre como Duterte tiene la solución sus problemas?

El primer instinto de una persona es la sobrevivencia, sobrevivencia ésta que la delincuencia constantemente amenaza, por lo tanto, es de esperar que una nación se aferre a cualquiera político que le prometa de forma mínimamente confiable que va a garantizar su supervivencia, que los va a proteger contra aquel que atenta contra ella, sin importar los métodos a utilizar para ello.

Duterte consiguió la atención de los votantes al prometer una rápida solución al problema de la criminalidad, asegurando que en seis meses va a resolver el problema. Incluso le ha puesto costo a su plan, que por cierto no es financiero, sino humano, ya que él ha dicho que cree que unas 100,000 vidas se podrían perder.

Podríamos esperar que estas promesas son sólo una demagógica herramienta de campaña, pero tenemos un antecedente que debemos observar. Davao era una de las zonas más violentes del país al momento de Duterte asumir el cargo de alcalde, pero bajo su administración se ha convertido una zona con bajísimos niveles de criminalidad. Allí, si los delincuentes tenían un comportamiento violento, las fuerzas del orden los han repelido con igual o más virulencia, provocando esto que las muertes en “intercambios de disparos” hayan sido cosa común en toda la gestión de Duterte. Se ha hablado, incluso, de grupos armados llamados “escuadrones de la muerte” que se dedican a “cazar” delincuentes y darles muertes sin contemplación. En algún momento él mismo alcalde ha hecho alarde de la utilidad del trabajo de éstos, lo que ha provocado que éste sea acusado de ser el responsable de estos escuadrones. Distintas comisiones nacionales e internacionales del Derechos Humanos han llamado la atención sobre el particular, pero evidentemente a la población de Davao esto parece no importarle, y, evidentemente, tampoco le ha preocupado al resto del país. Esto hecho indica que el presidente electo tiene antecedentes con los métodos que dice va a instaurar en toda Filipinas, aunque, claro está, es utópico creer que cumplirá sus palabras al pie de la letra.

Este señor se convirtió en el símbolo antihéroe de la frustración, de la desesperanza y, hasta cierto punto, de la desesperación de los ciudadanos frente a la incapacidad del Estado de suplir la necesidad de seguridad ciudadana, frente al constante fracaso de los políticos gobernantes de un país frente a la criminalidad. Al momento de decidir por quién votar en estas elecciones los filipinos pensaron que ya habían tenido suficiente, y optaron por el cambio, cuanto más radical, mejor. Con los políticos tradicionales ya sabían lo que les esperaban, más de los mismo; con este político, totalmente fuera de lo establecido, vieron una luz de esperanza. El precio que él les ha advertido que podrían pagar, las 100,000 vidas antes mencionadas, no le importó a la mayoría, sólo buscan resultados.

En América Latina hay países con índices de criminalidad superiores a los de Filipinas en estos momentos. ¿Podría surgir un Duterte en un futuro próximo en nuestra región?

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