Muchos opositores al matrimonio igualitario se refieren a éste cual si fuera un privilegio que la comunidad LGBT persigue. Pero resulta que el casarse con la persona que se ama no es un privilegio, es un derecho al que debe tener acceso todo ciudadano que alcance la mayoría de edad, sin importar su sexualidad. Privilegio es, por ejemplo, no pagar impuestos, como hacen las iglesias, por cierto.

No existe institución, norma o cultura que sea estática a través de los siglos. La Historia nos ha demostrado que todo lo que lo humanos establecemos como “norma” está sujeto a cambios. En algunos casos para bien; en otros casos para mal. Pero, así son las cosas.

El matrimonio, como una institución humana, no está exento de esta regla de la Historia. Muestra de ello son los distintos cambios que éste ha presentado desde sus primeras manifestaciones hasta nuestros días, de la misma forma que ha cambiado las distintas sociedades que lo sustentan.

En un principio los “matrimonios” eran implícitos y grupales, eran colectivos. Todos tenían contacto sexual con todos. En ese ambiente y por razones son obvias no era posible conocer el padre de nadie, sólo a las madres. ¿Se imaginan? Aquello debió ser una orgia perpetua. Pero no sólo hemos tenido los matrimonios grupales, sino que se han establecido matrimonio por secuestro, que como su nombre lo sugiere, el varón tenía que secuestrar a la mujer con quien quería casarse; matrimonio forzado, en el cual una o ambas partes eran obligadas por sus progenitores a contraer matrimonio (aún persiste en algunas regiones orientales); matrimonio de conveniencia, que es aquel casamiento que se produce fundamentalmente para obtener beneficios jurídicos, económicos, sociales o políticos sin que necesariamente exista un vínculo sentimental entre los contrayentes; matrimonio concertado, o matrimonio arreglado, que es un tipo de unión marital donde los novios son seleccionados por un tercero en vez de ellos mismos, en algunos casos la pareja ni se conocen. Y la lista puede continuar.

Todos estos modelos matrimoniales han existido a través de la Historia, y todos han sido de una u otra forma aceptados como buenos y válidos, ante la ley y la sociedad misma. Y a nuestra generación le ha tocado presenciar la proliferación y la lucha por la aceptación general del denominado matrimonio igualitario.

En República Dominicana, y en una buena parte del mundo, éste ha encontrado enconados opositores que se han estado oponiendo rabiosamente a la instauración de esta modalidad matrimonial que hace justicia a una minoría de nuestra sociedad.

Estos opositores sustentan sus argumentos básicamente en temas de carácter religioso. Sin embargo, siendo República Dominicana un país constitucionalmente laico es de suponer que al momento de crear su constitución y sus leyes los criterios religiosos no deberían tomarse en cuenta. Se presume que lo que debe primar es la igualdad ante la ley de todos y cada uno de sus ciudadanos, sin importan su color de piel, posición social, credo político, ni religioso, así como tampoco su orientación sexual. Todos somos iguales ante la ley, o al menos deberíamos serlo.

Muchos opositores al matrimonio igualitario se refieren a éste cual si fuera un privilegio que la comunidad LGBT persigue. Pero resulta que el casarse con la persona que se ama no es un privilegio, es un derecho al que debe tener acceso todo ciudadano que alcance la mayoría de edad, sin importar su sexualidad. Privilegio es, por ejemplo, no pagar impuestos, como hacen las iglesias, por cierto. El matrimonio desde la perspectiva legal debe ser considerado sólo como un acto de derecho civil, que no está ligado a un credo religioso ni a una práctica sexual, en el cual dos personas expresan su voluntad de iniciar una vida conjunta con derechos y deberes que se desprenden de esta unión voluntaria.

Uno de los elementos más delicado del matrimonio igualitario es la adopción de niños, y a esto siempre hay que poner especial atención. Independientemente de nuestras opiniones sobre el tema es perentorio poner énfasis en la protección de nuestros niños, niñas y adolescentes.

Imagino que en el caso de la República Dominicana debe ser un infierno social para cualquier niño ser hijo y convivir con padres homoparentales, esto por los cuestionamientos, burlas y humillaciones que seguro se vería sometido por el medio social en cual vive. Pero si vemos el problema con objetividad y honestidad tememos que admitir que este infierno no tiene que estar dentro de su círculo familiar propiamente dicho, sino en el social. Si este último asume como normal que un niño tenga padres homoparentales, si asume como bueno y válido esta unión es seguro que nadie se burlaría de este chico. La “desgracia” de los hijos de este régimen matrimonial no está, pues, en su familia, sino en una sociedad intolerante e injusta. No hay que temer un doctorado en alguna ciencia de la conducta humana de Yale para entender esta problemática, sólo hay que tener empatía por personas que deciden tener preferencias y tomar un camino diferente al de la mayoría.

Por otra parte, aquellos que dicen que los homosexuales no pueden adoptar niños deben primero decirles a los heterosexuales que no tengan los hijos que no quieren, que sean prudentes y se protejan al momento tener relaciones íntimas. El primer paso para una adopción es que unos padres traigan a este mundo un hijo que no quieren o, también, no pueden criar.

No importa que estemos de acuerdo o no con el matrimonio igualitario, este es un cambio que nada ni nadie impedirá que se produzca. No hay cardenales, obispos ni pastores que vayan detener el curso de los cambios que se avecinan. No importa que los LGBT tengan que esperar 40 ó 50 años. Tarde o temprano en República Dominicana esta modalidad será establecida.

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