Mucho antes de la formación de los Estados, ya las comunidades defendían con uñas y dientes sus territorios. Pero los dominicanos no estamos defendiendo el nuestro, antes que esto estamos permitiendo y fomentando el ingreso masivo de nuestros vecinos. Percibo que a la mayoría no les importa que su país, su región, sus pueblos, sus calles y sus vecindarios se copen de extranjeros con los cuales tienen pocos vínculos culturales, con normas de vida muy distintas a las nuestras, que tienen como religión unas prácticas que son inadmisibles con nuestras costumbres católicas y cristianas.

El pasado 22 de agosto publiqué en este mismo blog un artículo titulado “Luis Pie y mis sospechas de que es más haitiano que Dessalines”, donde abordé el tema de las dudas que muchos tenemos sobre la nacionalidad del joven atleta, que ganó medalla de bronce en las recientes Olimpiadas de Río de Janeiro. Diversos comentarios sobre el articulo y mi persona fueron muy agresivos, algunos llegaron a la vulgaridad, y me permito hacer algunas observaciones sobre éstos.

Tal y como he escrito en otras ocasiones, la ciudadanía es un derecho político que se adquiere cuando se reúnen los elementos que la ley sobre el particular exige para otorgar dicha condición. Esto es particularmente válido para hijos de extranjeros en tránsito en el país, y más aún para extranjeros indocumentados. Estas condiciones no las ha impuesto quien escribe, sino el legislador y han sido aclaradas a través de la Sentencia 168-13 del honorable Tribunal Constitucional (TC). Si fuera yo que hubiera escrito dicha ley y tuviera la potestad para votarla, aprobarla y hacerla cumplir, les aseguro “que otro gallo cantaría”. A nadie le quepa duda.

Recordemos en el TC en la referida sentencia, dictada el 23 de septiembre de 2013, enfatizó “que a los hijos nacidos en el país de padres extranjeros en tránsito no les corresponde la nacionalidad dominicana”. Y a la vez ordenaba una revisión de los registros donde habían declarados como dominicanos a hijos de extranjeros nacidos aquí desde el 1929. Como pueden leer, señores, la ciudadanía no tiene nada que ver con que una persona se sienta ser parte de una comunidad o no, es una condición política, lo repito por enésima vez. El señor Luis Pie puede sentirse dominicano, suizo, alemán, chileno o lo que él quiera, pero al final de la jornada él es lo que es, y yo creo que es haitiano.

No he sido yo quien ha creado las dudas. Nada de eso. Las creó la Junta Central Electoral (JCE) cuando en el 2014 se negó inicialmente a entregar documentos de identidad para obtener el pasaporte que este atleta requería para viajar a México y participar en los XXII Juegos Centroamericanos y del Caribe. Los documentos se entregaron luego de la mediación de organizaciones deportivas y la presión de grupos de la sociedad civil, que siempre han defendido los intereses de la diáspora haitiana en el país. Luego, han sido propias declaraciones del atleta cuando dijo que su padre era haitiano y que su madre era dominicana. Pero cuando la madre sale a la luz de la opinión pública vemos que evidentemente es una nacional haitiana que ni siquiera en ese momento era capaz de hablar un español medianamente fluido.

Entonces, tomando en cuenta el mandato del TC que ordena a la JCE revisar los libros del registro civil desde el 1929 tenemos que concluir que debemos verificar el estatus de la madre al momento del nacimiento de Luis, de sus abuelos al momento del nacimiento de la madre, y, quizás, de sus bisabuelos al momento del nacimiento de sus abuelos. ¿Me habré dado a entender? ¿Es realmente esto difícil de entender?

Algunas personas me recordaron que es común que deportistas representen en eventos internacionales a países donde no han nacido, poniéndome como ejemplos los casos de Mary Joe Fernández, Félix Sánchez y Alex Rodriguez.

Vamos a ver. La destacada tenista Joe Fernández nació en un campo del Cibao y fue adoptada por una pareja conformada por un español y una cubana, ambos nacionalizados norteamericanos, que no podían tener hijos. La chica desde los primeros años de su vida ha residido en Estados Unidos y obtuvo la nacionalidad de ese país tal y como las leyes de allí lo estipulan. Es decir, se asume que cumplió con los protocolos de ley, protocolos que son precisamente los que deben ser revisados en el tema de Pie. Los casos de Félix Sánchez y Alex Rodriguez es que son hijos de padres dominicanos que nacieron en Estados Unidos, y resulta que ese es de los pocos países del mundo que otorgan la ciudadanía por el simple hecho de haber nacido en su territorio. Esa es su ley, no la nuestra. Como se puede apreciar son absurdas las comparaciones de Pie con los deportistas mencionados.

Algo que me llama la atención es que por el simple hecho de poner en duda la supuesta dominicanidad de un descendiente directo de haitianos mucha gente me ha llamado racista. Sin embargo, les pregunto a los que me califican como tal, si yo en vez de dudar la ciudadanía de Luis Pie hubiera dudado de la ciudadanía de Mary Joe Fernández ¿me hubieran calificado de racista? Si en vez de poner en duda el derecho a la ciudadanía de un negro haitiano hubiera puesto en duda la de un blanco italiano, ¿me calificarían racista? Si en vez de sugerir que se investigue a un descendiente de haitianos lo hubiera sugerido sobre un descendiente de alemanes, españoles o suizos ¿fuera yo racista? Yo creo que no, porque el problema, el peligro en República Dominicana no es criticar la inmigración ilegal de ciudadanos extranjeros, es criticar la inmigración de ciudadanos haitianos. Es como si estos indocumentados fueran sagrados, es como si fueran piezas de “cristal de Belén” que no pueden tocase.

Y es que parece que en la mayoría del pueblo dominicano se ha desarrollado la falsa y peligrosa idea de que nosotros podemos hacernos cargo de las miserias de los haitianos, que creen que el Estado Dominicano puede y debe suplir las necesidades que el Estado Haitiano no ha suplido a sus propios nacionales. No estoy claro si esta idea se ha desarrollado espontáneamente por un sentimiento de solidaridad (que puede llevarnos al abismo) o por la cultura del “pendejismo” que hoy día impera en nuestra sociedad.

Desde tiempos inmemoriales el hombre se ha aglomerado en colectividades que han hecho suyo un espacio geográfico y ha peleado por ese espacio contra aquellos extraños que intente ingresar a éste. Mucho antes de la formación de los Estados, ya las comunidades defendían con uñas y dientes sus territorios. Pero los dominicanos no estamos defendiendo el nuestro, antes que esto estamos permitiendo y fomentando el ingreso masivo de nuestros vecinos. Percibo que a la mayoría no les importa que su país, su región, sus pueblos, sus calles y sus vecindarios se copen de extranjeros con los cuales tienen pocos vínculos culturales, con normas de vida muy distintas a las nuestras, que tienen como religión unas prácticas que son inadmisibles con nuestras costumbres católicas y cristianas.

Por otra parte, los datos que se tienen sobre lo que le cuesta al Estado Dominicano la inmigración haitiana son alarmantes. Por ejemplo, el 30% del presupuesto destinado a la parte de atención hospitalaria se invierte en ciudadanos extranjeros. En términos absolutos, esto implica que alrededor de RD$5,000 millones del presupuesto anual de los hospitales son usados en los migrantes haitianos que acuden a los hospitales públicos. El año pasado se atendieron en los centros de Salud Pública del país a 3,858 haitianos enfermos del SIDA y recibieron tratamiento por el orden de los RD$ 60 millones. Sólo en el Hospital José María Cabral y Báez de Santiago el 30% de los partos por cesárea corresponde a parturientas haitianas y en la Maternidad La Altagracia de Santo Domingo es de un 25%. El pasado año escolar se inscribieron en nuestras escuelas unos 48,000 estudiantes de nacionalidad haitiana, mientras que en las universidades estudian unos 6,000 haitianos con privilegios que ningún otro grupo de extranjero disfruta. Los haitianos representan el 13% de la fuerza laboral en el país, donde sólo en el sector agropecuario son más de 65%.

Esos índices no serían preocupantes si los hermanos haitianos cotizaran en la Seguridad Social y pagaran los mismos impuestos que pagamos los dominicanos. Pero resulta que los que cotizan es una ínfima parte, lo que indica que esos gastos que el Estado incurre con los haitianos lo estamos pagando los dominicanos, se están gastando recursos en indocumentados en detrimento de los servicios a los propios dominicanos. No son pocas las historias de reyertas que se producen en los hospitales entre parturientas dominicanas y haitianas por las camas. Ha habido casos en que las extrajeras, que son evidentemente más aguerridas que las nuestras, han sacado de las camas a dominicas para ser ocupadas por ellas. En educación es lo mismo. A pesar de todas las bocinas que gritan del milagro educativo del gobierno de Danilo Medina, en las zonas fronterizas tenemos alumnos dominicanos que se quedan fuera porque los pupitres están siendo ocupados por extranjeros.

Es por semejante estado de cosas que yo constantemente llamo la atención del problema de la inmigración haitiana en el país, es por la inercia de las autoridades en unos casos y la complicidad en muchos que yo protesto, y si protestar contra esto es ser racista, entonces, sí, yo soy racista. Y sé que como yo hay muchos dominicanos que ven esto y no dicen nada por temor a los insultos a que se verían sometidos. La dinámica de las relaciones dominico haitiana no pude continuar con semejante modelo.

No sé hasta cuando veremos la apatía de la mayoría de los dominicanos en este tema, esperemos que cuando vean la realidad a que nos estamos enfrentado no sea demasiado tarde.

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